lunes, 30 de abril de 2012

Contribución a la crítica de la economía política, "Prólogo", Karl Marx.

PRÓLOGO

Examino el sistema de la economía burguesa en el orden siguiente: capital, propieda agraria, trabajo asalariado, Estado, comercio exterior, mercado mundial. Bajo las tres primeras rúbricas estudio las condiciones económicas de vida de las tres grandes clases en que se divide la sociedad burguesa moderna; la interconexión de las tres restantes salta a la vista. La primera sección del libro primero, que trata del capital, se compone de los capítulos siguientes: 1) la mercancía; 2) el dinero o la circulación simple; 3) el capital en general. Los dos primeros capítulos forman el contenido del presente fascículo. Tengo ante mis ojos todos los materiales en forma de monografías escritas con largos intervalos para mi propio esclarecimiento y no para su publicación; la elaboración sistemática de las mismas conforme al plan indicado dependerá de las circunstancias externas.

Prescindo de una introducción general que había esbozado, porque, bien pensada la cosa, me parece que el anticipar los resultados que todavía han de demostrarse podría ser un estorbo, y el lector que quiera realmente seguirme deberá estar dispuesto a remontarse de lo singular a lo general. Sin embargo, me parece oportuno dar aquí algunas indicaciones sobre la trayectoria de mis propios estudios de Economía política.

Aunque el objeto de mis estudios especializados fue la jurisprudencia, la consideraba solo como una disciplina subordinada al lado de la filosofía y la historia. En 1842-43, siendo director de la Rheinische Zeitung (Gaceta Renana), me ví por primera vez en la embarazosa situación de pronunciarme sobre lo que se llaman intereses materiales. Las deliberaciones del Landtag (Parlamento) renano sobre la tala furtiva y el fraccionamiento de la propiedad agraria, la polémica oficial sostenida entre el señor von Schaper, entonces gobernador de la provincia renana, y la Rheinische Zeitung (Gaceta Renana) acerca de la situación de los campesinos del Mosela, y, finalmente, los debates sobre el librecambio y las tarifas proteccionistas me dieron los primeros impulsos para ocuparme de cuestiones económicas. Por otra parte, en esa época, cuando las buenas intenciones de "adelantarse" superaban con mucho el conocimiento de la materia, la Rheinische Zeitung (Gaceta Renana) dejaba traslucir un eco, ligeramente teñido de filosofía, del socialismo y del comunismo franceses. Me pronuncié contra ese diletantismo, pero al propio tiempo confesé francamente, en una controversia con la Allgemeine Augsbürger Zeitung (Gaceta General de Augsburgo), que mis estudios hasta entonces no me permitían arriesgarme a expresar juicio alguno sobre el tenor mismo de las tendencias francesas. Aproveché con apresuramiento la ilusión de los dirigentes de la Rheinische Zeitung (Gaceta Renana), quienes esperaban que suavizando la posición del periódico iban a conseguir la anulación de la sentencia de muerte pronunciada contra él, para abandonar el escenario público y retirarme a mi cuarto de estudio.

Karl Marx nos cuenta cuál es su trayectoria a la hora de interesarse por las cuestiones económicas, que no son aquellas en las que se ha formado. Su trabajo de periodista le lleva a tener que pronunciarse en cuestiones de esta índole y por lo tanto a tener que estudiar y documentarse al respecto.


El primer trabajo que emprendí para resolver las dudas que me asaltaban fue una revisión crítica de la filosofía hegeliana del Derecho, trabajo cuya introducción apareció en 1844 en los Deutsch-Französische Jahrbücher (Anales franco-alemanes), publicados en Paris. Mis indagaciones me hicieron concluir que tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden ser comprendidas por sí mismas ni por la prentendida evolución general del espíritu humano, sino que, al contrario, tienen sus raíces en las condiciones materiales de vida, cuyo conjunto Hegel, siguiendo el ejemplo de los ingleses y franceses del s. XVIII, abarca con el nombre de "sociedad civil", y que la anatomía de la sociedad civil debe buscarse en la Economía política. Comencé el estudio de esta última en París y lo proseguí en Bruselas, adonde me trasladé en virtud de una orden de expulsión dictada por el señor Guizot. El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido sirvió de guía a mis estudios puede formularse brevemente como sigue. En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a un determinado grado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. Estas relaciones de producción en su conjunto constituyen la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se erige la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, político y espiritual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. En cierta fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o bien, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad en el seno de las cuales se han desenvuelto hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se transforma más o menos rápidamente toda la superestructura inmensa (erigida sobre ella). Cuando se examinan tales transformaciones, es preciso siempre distinguir entre la transformación material - que se puede hacer constar con la exactitud propia de las ciencias naturales- de las condiciones de producción económicas y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en breve, las formas ideológicas bajo las cuales los hombres toman conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Del mismo modo que no se puede juzgar a un individuo por lo que piensa de sí mismo, tampoco se puede juzgar a semejante época de transformación por su conciencia; es preciso, al contrario, explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Una formación social no desaparece nunca antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen relaciones de producción nuevas y superiores antes de que hayan madurado, en el seno de la propia sociedad antigua, las condiciones materiales para su existencia. Por eso la humanidad se plantea siempre únicamente los problemas que pueda resolver, pues un examen más detenido muestra siempre que el propio problema no surge sino cuando las condiciones materiales para resolverlo ya existen o, por lo menos, están en vías de formación. A grandes rasgos, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal, y el burgués moderno pueden designarse como épocas de progreso en la formación social económica. Las relaciones de producción burguesas son la última forma antagónica del proceso social de producción, antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que emana de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para resolver dicho antagonismo. Con esta formación social se cierra, pues, la prehistoria de la sociedad humana.

Este largo párrafo encierra de forma rápida y sucinta las ideas principales de la filosofía de Marx expuestas con sencillez y claridad.
Las formas jurídicas y políticas de una sociedad tienen su base en las condiciones materiales de vida y no en previas etapas históricas o fases de conciencia (Hegel).

Lo fundamental en los seres humanos es su trabajo (lo que los define) y todo lo que llevan a cabo se encuadra de una u otra forma en procesos de producción. Así pues las relaciones de los seres humanos en la sociedad son relaciones de producción.

Según esto toda sociedad se puede dividir anatómicamente en infraestructura y superestructura. La infraestructura tiene siempre un caracter material y está constituida por la condiciones materiales de vida. Según sean éstas surge una superestructura de tipo intelectual (jurídica, económica, política, religiosa, artística, etc.). Es decir, según nuestro autor, uno piensa en función de sus condiciones materiales de existencia y así ve el mundo (ideología).

Estas relaciones de producción que tienen un germen de antagonismo y enfrentamiento dentro de sí llegan a producir una revolución social o cambio material que generará nuevas condiciones materiales de vida y producción y por lo tanto nuevas estructuras ideológicas amparadas en las nuevas condiciones materiales.

Cada etapa histórica tiene un modo de producción típico, es decir, unas relaciones de producción típicas. Marx distingue entre modo de producción asiático, antiguo, feudal y burgués. Cada una de ellas tiene unas relaciones de producción que cuando llegan a su auge de contradicción o antagonismo generan la siguiente etapa histórica. Así será hasta que suprimiendo la propiedad privada se eliminen esas contradicciones y enfrentamientos de clase y por lo tanto ya no se sigan produciendo nuevas etapas históricas tras la sociedad comunista.


Federico Engels, con quien mantuve un constante intercambio escrito de ideas desde la publicación de su genial esbozo sobre la crítica de las categorías económicas (en los Deutsch-Französische Jahrbücher- Anales franco-alemanes), había llegado por una vía distinta (cf. su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra) al mismo resultado que yo, y cuando, en la primavera de 1845, se instaló asimismo en Bruselas, acordamos formular nuestra concepción como antítesis de la concepción ideológica de la filosofía alemana, en realidad saldar las cuentas con nuestra conciencia filosófica anterior. Este propósito se realizó bajo la forma de una crítica de la filosofía posthegeliana. El manuscrito, dos gruesos volúmenes en octavo, se encontraba hacía ya mucho tiempo en Westfalia, cuando nos enteramos de que algunas circunstancias nuevas impedían su publicación. Abandonamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones con tanto mayor gusto por cuanto habíamos alcanzado nuestra meta principal: dilucidar nuestras propias ideas. De los trabajos sueltos en que presentamos por aquel entonces al público uno u otro aspecto de nuestros puntos de vista, mencionaré solamente el Manifiesto del Partido Comunista, que Engels y yo escribimos en común, y el Discurso sobre el librecambio, publicado por mí. Los puntos decisivos de nuestra concepción fueron delineados por primera vez científicamente, si bien bajo una forma polémica, en mi trabajo Miseria de la filosofía, publicado en 1847 y dirigido contra Proudhon. La revolución de febrero y, como consecuencia, mi traslado forzoso de Bélgica interrumpieron la publicación de un ensayo sobre el Trabajo asalariado, en el que recogía las conferencias que había dado sobre este particular en la Asociación Obrera Alemana de Bruselas.

La publicación de la Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta Renana 1848-49) y los sucesos posteriores interrumpieron mis estudios económicos, que solo pude reanudar en 1850 en Londres. La prodigiosa documentación sobre la historia de la Economía política acumulada en el Museo Británico, el puesto tan cómodo que Londres ofrece para la observación de la sociedad burguesa y, por último, la nueva fase de desarrollo en que parecía entrar ésta con el descubrimiento del oro de California y Australia, me indujeron a volver a empezar desde el principio, estudiando a fondo, con un espíritu crítico, los nuevos materiales. Estos estudios me condujeron, en parte por sí mismos, a cuestiones aparentemente alejadas de mi tema y en las que debí detenerme durante un tiempo más o menos prolongado. Pero lo que sobre todo mermaba el tiempo de que disponía era la imperiosa necesidad de ganar mi sustento. Mi colaboración desde hace ya ocho años en el primer periódico angloamericano, el New York Daily Tribune, implicó una fragmentación extraordinaria de mis estudios, ya que me dedico a escribir para la prensa correspondencias propiamente dichas solo a título de excepción. Sin embargo, los artículos sobre los acontecimientos económicos descollantes en Inglaterra y el continente formaban una parte tan considerable de mi colaboración que me veía constreñido a familiarizarme con detalles prácticos no pertenecientes al dominio de la propia ciencia de la Economía política.

Este bosquejo sobre el curso de mis estudios en el terreno de la Economía política solo tiende a mostrar que mis puntos de vista, júzguese de ellos como se juzgue y por poco que sean conformes a los prejuicios interesados de las clases dominantes, son el fruto de largos años y de concienzuda investigación. Y en el umbral de la ciencia, como en la entrada del infierno, debería exponerse esta consigna:

"Qui si convien lasciare ogni sospetto;
Ogni viltá convien che qui sia morta".

["Déjese aquí cuanto sea recelo;
Mátese aquí cuanto sea vileza".]

Dante, La divina comedia

Carlos Marx, Londres enero de 1859
(Trad. Marat Kuznetsov, Progreso, Moscú, 1989)


No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...